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Nueva Zelanda parece un país inventado. Montañas que tocan el cielo, lagos que parecen espejos, fiordos que se cuelan tierra adentro y playas salvajes donde las olas no piden permiso. Aquí todo tiene algo de irreal, como si la naturaleza hubiera decidido ponerse creativa.
Un viaje a Nueva Zelanda es recorrer paisajes que cambian a cada kilómetro. Un día estás entre glaciares, al siguiente cruzas volcanes activos y al otro caminas por bosques que parecen encantados. Con una oveja siempre cerca y mirándote atentamente. Y sí, los fans del cine reconocerán más de un rincón, pero esto va mucho más allá de El Señor de los Anillos. Esto es real.
Este es un viaje de carretera, de esos en los que conducir también es parte de la experiencia. Recorrer la isla en grupo, donde se comparte cada descubrimiento, cada “¡mira eso!” y cada parada inesperada. Pararemos cuando apetece, aspirar el ambiente fétido de Rotorua, fotografiarse ante el Monte Cook o navegar el sorprendente Mildfrod Sound. Aquí, todas las carreteras te llevan a un rincón de postal.
Es un viaje de aventura, donde podremos soltar adrenalina en alguna de las actividades de Queenstown, degustar el vino de Marlborough, recorrer los senderos de Tongariro o adentrarse en las profundidades de las cuevas de Waitomo.
Senderismo, kayak, glaciares, cuevas brillantes, playas infinitas… todo en un país que parece diseñado para explorar. Y entre paisaje y paisaje, la gente. Kiwis amables, tranquilos y con ese humor que hace que, incluso en el fin del mundo, te sientas como en casa.
Dicen que en Nueva Zelanda todo está lejos. Y es verdad. Pero precisamente por eso, cuando llegas, sientes que has llegado a otro mundo.


Este no es un viaje al uso por Nueva Zelanda. Este es un viaje alternativo, donde conducimos nosotros, decidimos dónde parar y qué ver. Recorremos el país en furgonetas o coches, turnándonos al volante, compartiendo coche, mapas, música y muchas risas con el grupo. Porque lo que hace especial a Nueva Zelanda no es solo el paisaje, es cómo lo recorres.
Algunos trayectos son largos, pero entre miradores, cafés y paisajes, se pasan volando.
Dormimos en hostales y alojamientos sencillos. A veces en habitaciones compartidas, otras en lugares con vistas que parecen decorados. Todo cómodo, sin lujos, y con ambiente viajero.
Comemos en restaurantes locales, cocinamos en las zonas comunes de los alojamientos o improvisamos picnics frente a un lago. Nueva Zelanda también se disfruta plato a plato.
Es un viaje en grupo para quienes quieren explorar, colaborar y dejarse sorprender. Si llevas mochila, ganas y buen humor, este país te lo devuelve con creces.



Caminábamos por senderos de tierra ocre mientras el aire se llenaba de un olor penetrante a azufre. A cada paso, el suelo parecía vivir: fumarolas que susurraban, charcas burbujeantes y columnas de vapor que se elevaban hacia el cielo. En este viaje en grupo a Nueva Zelanda, Rotorua nos envolvía con aire fétido en un espectáculo que parecía de otro planeta.
Nos detuvimos frente a un lago de aguas verdes y naranjas, imposible de imaginar sin verlo. El calor que salía del suelo contrastaba con la brisa fresca. Este viaje alternativo por Nueva Zelanda nos estaba llevando a rincones donde la naturaleza no se conforma con ser bella: aquí es poderosa, inquietante y viva. Mientras avanzábamos, el sonido del barro hirviendo se mezclaba con nuestras conversaciones, y pensé que pocos lugares te recuerdan tan bien que la tierra bajo tus pies sigue respirando.
No pasa nada, tenemos más viajes con estilos parecidos que seguro te van a encantar.
¡Échales un ojo!